¿Jugás para apagar incendios?
- Natalia Dancuart
- 30 mar
- 5 Min. de lectura

La final de pádel de Miami, más allá de mostrar un grandísimo pádel, me dejó varias preguntas, reflexiones y un excelente escenario para un análisis psicológico. Así que al terminar el partido, inspirada, dudosa y un poco cansada, quiero dejarles mis reflexiones.
Aclaro que no los conozco ni tengo acceso a su trabajo interno. Solo tengo lo que se ve en la cancha y en los entretiempos. Pero a veces con eso alcanza para hacer algunas preguntas que valen la pena. Acá va mi primera pregunta:
¿Alguna vez sentiste que empezás a jugar bien cuando ya es tarde? Que de repente todo fluye, los golpes salen solos, el cuerpo responde. Jugás suelto, tomás buenas decisiones, sentís que finalmente estás ahí. El problema es que el marcador ya dice 0-4. O perdiste el primer set, o tu compañero ya empieza a hacerte caras.
Hay jugadores que funcionan así. Necesitan que el partido esté en llamas para entrar en acción. Son buenos apagando incendios. El problema es que el incendio lo empezaron ellos mismos.
Si te reconocés en eso, no estás solo. Y lo más interesante es que ese patrón tampoco desaparece cuando llegás al más alto nivel del pádel mundial.
Tapia y Coello son los número uno del mundo. Llegaron a Miami con un récord de victorias que pocos equipos pueden mostrar y con diecinueve finales consecutivas en el bolsillo. No son jugadores que no saben competir. Son probablemente los dos mejores padelistas del planeta ahora mismo.
Y sin embargo, en cuartos sufrieron más de lo esperado, salvando pelotas de set y decidiendo en tie-break. En semifinales, Lebrón y Augsburger les ganaron el primer set antes de que reaccionaran. Y en la final, Galán y Chingotto los superaron en el primero con una autoridad que sorprendió a quienes los habían visto dominar el circuito durante meses.
El patrón se repitió tres veces en el mismo torneo: arranque lento, partido complicado, reacción tardía. A veces llegan a tiempo para ganar. En la final, no llegaron.
No fue solo la final. El torneo ya lo estaba diciendo.
Lo más llamativo de Miami no fue lo que pasó en la final. Fue que el patrón se repitió exactamente igual en cada partido del torneo, como si el guión estuviera escrito de antes.
En cuartos de final, Tapia y Coello necesitaron más de hora y media para superar a una pareja que en el papel no debería haberlos llevado al límite. Salvaron pelotas de set, llegaron al tie-break y cerraron lejos de su mejor versión. Ganaron, sí. Pero el costo ya estaba ahí.
En semifinales, Lebrón y Augsburger les ganaron el primer set. De nuevo el arranque dormido, de nuevo la reacción tardía, de nuevo la remontada que llegó justo a tiempo. El segundo y el tercer set fueron de ellos con claridad. Pero otra vez habían regalado el inicio.
Y en la final, Galán y Chingotto no esperaron. Entraron activados desde el primer punto, con el estado mental de quien viene de ganar cuartos 6-1 6-0 y semifinales 6-2 6-2 sin sufrir en ningún momento. Mientras ellos llegaban con tres partidos de desgaste acumulado en el cuerpo y en la cabeza, Chingalán llegaba fresca, entera, sin residuo emocional de ninguna crisis previa.
Tres partidos, tres veces el mismo patrón. Eso ya no es una mala tarde. Es información.
¿Qué está pasando?
Sería muy fácil decir que están en un mal momento. Pero eso no explica por qué el nivel que muestran cuando despiertan es tan alto. El problema no es que no puedan. Es cuando se tarda.
Si lo analizamos desde la psicología del deporte esto puede estar relacionado con el umbral de activación. El sistema nervioso necesita un cierto nivel de estimulación para entrar en estado de rendimiento óptimo. Muy poca activación y el jugador está adormecido, lento, impreciso. Demasiada y aparece la ansiedad y el error. Cada jugador tiene su zona ideal, y llegar a ella no es automático. Es personal, es específica, y hay que conocerla para poder llegar a ella cuando importa.
El punto es ese: llegar. Porque la zona existe, pero nadie llega a ella sola. Necesita una rutina, una señal, un proceso que el deportista aprende a activar antes de competir. Y cuando ese proceso no está bien entrenado, o cuando el contexto no lo dispara, el jugador empieza el partido por fuera de su zona, funcionando en automático, sin el nivel de intensidad que su mejor versión necesita.
Tapia y Coello llevan tanto tiempo siendo los mejores, ganando con tanta consistencia, que quizá su sistema aprendió que no necesita encenderse del todo desde el primer punto. En partidos contra rivales que no los amenazan de verdad, eso no cuesta nada.
Pueden ser en un momento jugadores- bomberos, pero jugadores- bomberos de élite. Necesitaron ver el fuego para salir del cuartel.
El set perdido no los despierta. Es la señal de que todavía no estaban despiertos.
Acá hay algo importante que vale la pena entender bien porque cambia todo. Mucha gente ve la reacción de Tapia y Coello después de perder un set y piensa que ese golpe es el que los activa, como si el set perdido fuera el interruptor. Pero yo creo que lo más probable es que no sea así.
Pienso, que a veces lo que pasa es que cuando el marcador amenaza seriamente con una derrota, el sistema de alerta finalmente se prende. El set perdido no produce el despertar: coincide con el momento en que la amenaza se vuelve lo suficientemente real como para que el cerebro deje el modo automático y entre en modo competitivo de verdad.
Si pudieran activar ese estado desde el primer punto, no necesitarían regalar nada. El desafío no es aprender a remontar mejor. Es aprender a no necesitar remontar.
¿Y esto qué tiene que ver con vos?
Mucho más de lo que parece. Porque el jugador bombero no juega solo en el circuito profesional. Está en todos los clubes, en todas las categorías, en todos los niveles.
A veces el jugador puede llegar al partido con la cabeza todavía en otro lado, sin haber hecho el pasaje mental de la semana al partido. A veces es el que subestima al rival sin darse cuenta, y su cuerpo responde en consecuencia. O quizás es alguien que necesita sentir el juego en el cuerpo para soltarse, y eso lleva más tiempo del que el marcador puede permitir. Y no dejemos de mencionar que en ocasiones es el peso de ser siempre el favorito: la identidad de ganador que paradójicamente interfiere con el acto de salir a jugar suelto desde el minuto uno.
Si sos entrenador y trabajás con un jugador bombero, la pregunta que vale hacerse no es cómo hacer que juegue mejor cuando está en desventaja. Es qué está pasando antes de que el partido empiece. En el calentamiento, en los minutos previos, en cómo llega a la cancha. Ahí suele estar la respuesta.
Y si sos jugador y te reconocés en este patrón, la pregunta es más personal: ¿qué necesitás para llegar ya activado? ¿Qué rutina, qué pensamiento, qué conversación con tu compañero te pone en estado antes de que el marcador te obligue a estarlo?
La cuestión no es si podés jugar bien bajo presión. Eso ya lo sabés. La pregunta es cuánto te cuesta llegar ahí, y si ese costo lo estás eligiendo o simplemente lo estás pagando.
Y con esa pregunta cierro estas reflexiones. Porque más allá del análisis, lo que estos cuatro jugadores nos regalaron en Miami fue mucho más que pádel. Nos mostraron que detrás de cada punto hay una cabeza trabajando, dudando, reaccionando, sosteniéndose. Me saco el sombrero ante Tapia, Coello, Galán y Chingotto, y ante todos los deportistas que cada semana entran a una cancha y además de deslumbranos e inspirarnos nos enseñan, sin saberlo, algo sobre cómo funciona la mente cuando más importa.




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