Alfaro: la ilusión con sabor a poco
- Natalia Dancuart
- 26 jun
- 5 min de lectura
Actualizado: 27 jun

Lo hicimos, sobrevivimos el tercer partido, bautizado como el más aburrido del mundial hasta la fecha. Y tiene sentido que lo sea, aunque no por las razones que suelen darse. El problema no es la falta de goles ni el ritmo lento ni los equipos replegados. Lo que quizá fue destacó más que eso fue desde donde se percibió que se jugó.
Nadie lo llamó pacto en voz alta. Alfaro dijo que en ningún momento jugaron para el empate. Popovic dijo lo mismo. Y sin embargo la gente lo nombró así casi de inmediato, sin que nadie lo declarara. El pacto de California. Esa distancia entre lo que se dijo y lo que todos percibieron es, para mí, el dato más interesante de la noche.
No es lo mismo un planteo para ganar que jugar para no perder. No me refiero al resultado, me refiero a lo que ocurre adentro mientras se juega. Cuando un equipo juega para ganar, la emoción que organiza la conducta es la aproximación: hay algo adelante que se busca, una dirección, una atracción. Cuando se juega para no perder, la emoción es la evitación: hay algo atrás que se huye, una amenaza que empuja, una vigilancia constante donde el error pesa más que el acierto. Esas dos bases emocionales generan comportamientos colectivos completamente distintos aunque el marcador final sea el mismo.
Eso podría explicar quizá el gusto amargo. Paraguay casi ya clasificó, y pareciera que lo haria desde la evitación. Y cuando se logra el objetivo desde la evitación no se celebra igual aunque llegue adonde quería llegar, porque en ningún momento del proceso se sintió que iba hacia algo. Solo que se alejaba del peor escenario. La tabla de posiciones tomó las decisiones esa noche, y cuando la tabla decide por vos, una clasificación puede sentirse prestada.
Alfaro llegó a la conferencia de prensa desde el mismo lugar.
Hizo algo que no había hecho en las dos anteriores: habló hacia adentro. Siempre tuvo un
objeto externo claro, el arbitraje, las reglas, el rival, las circunstancias. Esta vez no. Esta vez el diagnóstico apuntó hacia el plantel, hacia el fútbol paraguayo, hacia estructuras que exceden cualquier partido. Y en el momento exacto en que iba a decir algo sobre todo eso, se frenó.
"Para mí... Nada, no quiero decir nada porque si no... Listo, terminamos."
Esa frase me quedó dando vueltas.
No como un lapsus ni un recurso retórico. Es un entrenador que en tiempo real encuentra el límite entre lo que siente, lo que puede decir, y lo que le conviene decir. Jugó para no perder también. Usó datos en lugar de opiniones para no ser atacable. Se autointerrumpió antes de decir lo que realmente pensaba. La misma lógica de evitación, otro escenario.
Lo que me hace ruido no es la autocensura en sí. Es lo que vino antes. Alfaro había pedido que las críticas fueran hacia él y no hacia los jugadores. Es un gesto que cualquiera reconoce: el entrenador que se pone como escudo del grupo. Pero después dedicó la mayor parte de esa misma conferencia a hablar de los jugadores. No con adjetivos, no con juicios de valor, sino con datos. Que el 80% del plantel compite al nivel de la Copa Libertadores o Sudamericana. Que Paraguay no tiene más de tres o cuatro jugadores en Europa de nivel real. Que Enciso es valiente pero Racing de Estrasburgo no es un club de elite.
Todo verificable. Todo objetivo. Y todo dicho públicamente, con las cámaras encendidas, inmediatamente después de haber pedido que no se los criticara.
Hay una distinción que vale la pena mirar, Alfaro no estaba criticando, estaba describiendo. Y esa distinción es real: una crítica implica un juicio sobre algo que pudo hacerse diferente, mientras que un hecho describe una condición que simplemente existe. Pero esa distinción, siendo válida en términos lógicos, no funciona igual en términos psicológicos. Es más difícil defenderse de un hecho que de una opinión. Una opinión se puede rebatir, contextualizar, ignorar. Un hecho certificado por la autoridad de quien te dirige no tiene réplica posible.
Acá aparece la contradicción. Alfaro estaba haciendo dos cosas simultáneas que son difíciles de sostener juntas. Por un lado construía una narrativa de identidad colectiva "cuando a Paraguay lo dan por muerto es cuando más hay que temerle" que en los partidos anteriores había funcionado como aglutinante real del grupo. Por otro lado estaba desmantelando las bases de esa misma narrativa con el diagnóstico estructural. Le decía al plantel: son resilientes, pero las condiciones objetivas de su fútbol son insuficientes para este nivel.
El mensaje motivacional y el diagnóstico crítico coexistían sin resolverse, y esa tensión no tiene una salida limpia para quien la recibe.
Un streamer dijo que las enseñanzas de Alfaro siempre vienen desde la derrota. No lo dijo como insulto. Lo dijo como observación. Y creo que apunta a algo real, aunque necesita ser examinado antes de aceptarse. Alfaro es un entrenador cuyo liderazgo se activa con claridad cuando el contexto ofrece un antagonista identificable, una injusticia concreta, una pared contra la cual empujar. El partido contra Turquía tenía todo eso. Australia no le daba nada de eso. El enemigo era difuso, la injusticia inexistente, y la pared era una tabla de posiciones que los dos equipos habían decidido tácitamente no ignorar.
El liderazgo en adversidad tiene una característica que lo hace poderoso y al mismo tiempo limitado: necesita al adversario para existir. No como excusa sino como organizador.
El liderazgo en adversidad tiene una característica que lo hace poderoso y al mismo tiempo limitado: necesita al adversario para existir. No como excusa sino como organizador. La adversidad le da al líder un objeto claro hacia donde dirigir la energía del grupo, una narrativa compartida, un enemigo que cohesiona.
Lo que apareció en esa conferencia, si es un cambio y no un desborde, sería un movimiento hacia algo distinto: un liderazgo que intenta organizarse desde adentro hacia afuera. Que en lugar de señalar el enemigo externo, nombra las condiciones internas reales y desde ahí construye. Es un liderazgo más exigente porque requiere que el grupo tolere la incomodidad de verse con claridad sin tener un villano externo donde depositar la tensión.
El problema es el timing. Creo que hacerlo en una conferencia de prensa, en el momento más ambiguo del torneo, con cámaras encendidas y la prensa lista para reaccionar, es el peor escenario posible para ese movimiento.
Cuando el contexto no ofrece resistencia clara, el discurso se fragmenta. Se contradice. Y termina diciendo más de lo que pretendía.
Eso no lo hace un mal líder. La campaña entera lo desmiente. Pero sí plantea una pregunta que el torneo todavía no terminó de responder: ¿qué pasa con ese liderazgo cuando la adversidad no es una expulsión ni una derrota, sino la ambigüedad de un resultado que clasifica pero no convence, que es correcto pero no se siente como propio?
Alfaro lo rozó sin nombrarlo cuando dijo: "hablo de ilusión, no de expectativa". Frase que suena a humildad pero que en realidad es un diagnóstico. Sabe dónde está y lo que conduce. Y eligió trabajar dentro de esos límites en lugar de ignorarlos.
Pero todavía hay Mundial por delante.
¿Afectará esto al equipo? Un mensaje no viaja solo. Viaja a través de una relación. Y es desde esa relación desde donde ese diagnóstico público se entiende como honestidad brutal o se recibe como exposición. Desde afuera no hay manera de saberlo.
Lo que sí se puede observar es que Alfaro cambió algo en esta conferencia. No el contenido, porque siempre fue directo. Sino la dirección. Pasó de hablar hacia afuera a hablar hacia adentro, y lo hizo en el momento más ambiguo del torneo, cuando el resultado no alcanzaba para sostener ninguna narrativa clara. Si ese cambio es una señal de que el liderazgo está buscando un nuevo registro, o si es simplemente lo que pasa cuando un entrenador llega a una conferencia con algo atragantado que no era del partido, tampoco se puede saber desde acá.
Lo que sí sé es que Paraguay juega de nuevo. Y que la respuesta a todas estas preguntas no va a venir de ninguna conferencia de prensa.




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