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Cuento de una larga noche


Habia una vez, una psicóloga con una  agenda llena el lunes 29 de junio, ya semanas antes, sin saber qué lunes nos esperaba. A las 16.30 la oficina estaba vacía. Nadie iba a estar en un consultorio mientras su país podía hacer historia.


Y ahí estaba yo, me quedé en la sala de espera, con una colega que apareció ahí sin que lo planeáramos. Yo puse el mate. Ella trajo chipa. Empezamos analizando y opinando, como dos psicologas. Duró poco. Terminamos siendo lo mismo que llevamos años estudiando: dos personas dentro de un sistema emocional colectivo que no eligieron.


Desde ahí escribo esto. Y aclaro algo, aunque ya lo sepan quienes vienen leyendo esta serie: no escribo porque Paraguay ganó. Si hubiera perdido, estaría haciéndome las mismas preguntas. No antepongo el marcador. Me interesa lo que pasó antes, durante y en cada minuto de ese partido, lo que ya estaba ahí y que el resultado no inventa, solo lo vuelve visible.


Paraguay llegó al partido en el más puro estilo David contra Goliat. Y desde el arranque se vio algo que merece pensarse con cuidado: no salió a jugarle a Alemania con las herramientas de Alemania. No intentó la posesión, Con apenas el 23% de la pelota durante los 120 minutos, no buscó el medio campo, no peleó de igual a igual el terreno donde el rival es más fuerte. Como David con su honda, eligió lo que sabe hacer, lo que entrenó, lo que es.

¿Hubiera sido distinto el resultado si hubiera intentado vestirse con un estilo que no es el suyo? Es una pregunta que vale la pena dejar abierta.

Conviene no confundir esto con lo que pasó contra Australia. a mi manera de ver, ahí quizá jugar a no perder alcanzaba para clasificar, como si no hacía falta arriesgar nada porque el objetivo ya estaba cumplido de antemano con la consecuencia que eso conlleva. Por lo que vimos, resistir, en ese contexto, era sinónimo de cuidar algo que podía ser seguro. Hoy fue distinto. Vimos a un Paraguay que no jugó a empatar, sino a sostener una ventaja conseguida, frente a un rival (como dijo Alfaro) de jerarquía superior, sabiendo que en cualquier instante esa ventaja podía esfumarse.


Resistir, esta vez, creo que para nadie era cuidar lo seguro, sino sostener lo incierto. ¿Es la misma palabra describiendo el mismo fenómeno psicológico, o el contexto cambia tanto la naturaleza del acto que merecería otro nombre? Vale la pena no dar por sentada.


El gol llegó antes del descanso. Psicologicamente no es detalle no es menor. Marcar un gol antes del entretiempo puede darle a un equipo algo que después no da: tiempo para procesar el éxito sin la urgencia de sostenerlo de inmediato. Hubo quince minutos de vestuario para trabajar con un grupo que, por primera vez en la noche, estaba ganándole a Alemania. La pregunta que creo pocos se hacen es qué se construye en ese entretiempo, si se consolida la estructura o si algo de esa ventaja, lejos de tranquilizar, empieza a pesar de otra manera.


Porque lo cierto es que el equipo no sostuvo esa ventaja mucho tiempo. El empate llegó apenas reanudado el segundo tiempo, y cambiando toda la lectura de lo que vino después. El momento de mayor fragilidad colectiva creo yo que no apareció al final, cuando el desgaste físico ya era máximo. Sino que apareció ahí, con el cuerpo todavía fresco, en la transición entre el vestuario y la cancha. Eso invierte una hipótesis que parecía obvia: no fue el cansancio lo que más pesó. Fue otra cosa, quizá algo que tiene más que ver con la dificultad de sostener un estado emocional ganador que con cualquier variable física.


Los dos equipos llegaban a esos treinta minutos extra desde el mismo lugar objetivo: un empate, ciento veinte minutos por delante, todo abierto. Pero la situación compartida no significaba lo mismo para cada uno. Para Alemania, no haber resuelto el partido contra un rival de jerarquía muy inferior parecía vivirse como una amenaza, algo que podía perderse de un momento a otro. Para Paraguay, en cambio, esos treinta minutos se asemejaban más a una oportunidad, un desafío que valía la pena salir a buscar. La misma situación, leída desde dos lugares emocionales completamente opuestos. Y esa diferencia de fondo, ¿no es acaso un presagio de cómo cada uno iba a salir a jugar lo que venía? Uno cargando el peso de lo que podía perder. El otro, liviano con lo que ya tenía para ganar.


Antes del partido, además, había algo flotando: la sensación de que Alemania era, simplemente, demasiado. No hicieron falta cuarenta días de desafío sostenido, alcanzó con los pronósticos, con la diferencia de jerarquía, con dieciséis años de ausencia mundialista pesando sobre cualquier expectativa. ¿Qué le pasa a un grupo cuando sale a la cancha cargando esa sensación instalada de antemano? ¿Se vuelve parálisis o se vuelve combustible?. La respuesta probablemente no sea la misma para cada jugador, ni para cada equipo, ni siquiera para un mismo equipo en instancias diferentes, y es una de esas preguntas que el resultado de un solo partido no alcanza a responder del todo.


Lo que pasó de ahí en adelante, sin embargo, contradice cualquier lectura catastrófica. Porque la presión no es el problema. Un equipo que llega a esta instancia sin presión sería un equipo sin nada en juego, y eso sería peor. La presión es información, le dice al sistema que lo que está por pasar importa. El problema empieza cuando esa información se transforma en otra cosa, cuando el jugador deja de sentir esto es importante y pasa a sentir todo depende de mí, y si fallo, no hay margen. Eso es sobrepresión. Y lo que se pudo observar, durante el resto del partido y durante los treinta minutos de alargue que siguieron, fue justamente la ausencia de ese colapso esperable. Casi dos horas y media sosteniendo un nivel de activación que en cualquier marco teórico debería ir agotando los recursos de autorregulación con el correr del reloj, y sin embargo esa capacidad pareció consolidarse cuanto más exigente se volvía la circunstancia, no al revés.


Aunque haya durado apenas un minuto en el marcador, en el alargue hubo un momento que merece su propio espacio, Alemania convirtió, festejó, y segundos después el árbitro caminó hacia la pantalla y anuló ese gol. Ese ciclo completo, euforia y pérdida casi inmediata, tiene una carga emocional altísima, y ocurrió en cuestión de instantes. Lo que ese minuto le hizo a cada equipo es radicalmente distinto: para uno, la sensación de haber ganado que se deshace de golpe. Para el otro, el oxígeno que aparece justo cuando más se necesitaba.


Llegaron los penales. Roffé pasó años investigando si ese momento es una lotería o algo que se puede preparar. Entrevistó a sesenta personas entre ejecutantes, arqueros y entrenadores, buscando entender qué pasa en esos doce pasos cuando la responsabilidad se vuelve insoportable. Lo que hizo Gill esa noche, atajando dos remates en la definición, no encaja con la idea de la suerte. Encaja mejor con la hipótesis de que ese momento se entrena y se prepara mucho antes de pisar el área. Y hay un dato que el propio Roffé señaló esta semana, con el orgullo de un psicólogo que lleva treinta años en el campo aplicado: de los diez equipos que llegaron a esta instancia con un psicólogo deportivo en su cuerpo técnico, los diez clasificaron a dieciseisavos. Paraguay es uno de ellos. No hace falta forzar una causalidad que la evidencia todavía no permite, pero vale la pena sostener la pregunta. ¿Qué cambia en un grupo cuando alguien dentro de la estructura técnica tiene como tarea sostener lo que pasa puertas adentro de cada cabeza?


Cuando todo terminó, Alfaro eligió una palabra para describirlo, dicha con un orgullo sereno: resistimos. No dijo que ganaron por plan, ni por superioridad, ni por la garra tan mencionada en la previa. Creo que la elección de la palabra no es casualidad, tiene historia. Antes de este partido, su discurso iba por otro lado: la emoción sola no alcanza, la garra sin estructura no sirve. Esos dos rasgos en algún momento quedaron casi descartados como herramienta legítima. Y sin embargo, lo que se vio esa noche, durante 120 minutos y una tanda de penales, fue exactamente eso. Un equipo sosteniéndose con el cuerpo y con el pecho, no con un libreto. Después, ya con el resultado en la mano, lo dijo distinto: que el suyo es un equipo que puede tener defectos, pero también un corazón que no se rinde nunca. La misma emoción que antes parecía de más, esa noche explicaba por qué seguían en carrera.


Y hay algo más que no té en el discurso posterior de los que declararon, en las lágrimas, en la efusividad de los gestos, que esto no se sintió como un logro individual de nadie en particular. Se sintió como algo que pertenecía a otro lugar más grande, (inclusive más grande que Paraguay) celebró America Latina,  y en nuestro país repartido entre dieciséis años de espera y todo un país mirando una pantalla. ¿Es eso lo que sostiene a un grupo cuando el cuerpo ya no tiene más para dar? Quizás,  o  tal vez sean otras cosa, y esa es justamente la pregunta que este partido deja abierta.


Se habla esta noche del sacrificio y del esfuerzo como si fueran hallazgos del partido. No lo son. ¿Acaso no son la narrativa de fondo de cualquier carrera futbolística en Paraguay?la que atraviesa a cada niño que entra a una escuela de fútbol, a cada adolescente que sostiene la ilusión durante años de divisiones juveniles donde la mayoría queda en el camino, a cada joven que se va del país solo, sin garantías, a probarse en otra liga. Ese recorrido ya cargaba sacrificio mucho antes de que alguien lo nombrara frente a un micrófono en las historias personales de cada de ellos.



No puedo evitar pensar un efecto invisible que un partido así genera, pienso también en los chicos que están por dejar el fútbol, desilusionados. Pienso en los arqueros, todos, el primero, el segundo, el tercero, el cuarto!!, los que entrenan sabiendo que la titularidad de otro les tapa el camino. Dante Panzeri decía que el fútbol es la dinámica de lo impensado. Un arquero que en cualquier otro momento pudo haber pensado en otros años que todo iba cuesta arriba, en un túnel , esa noche le tapó dos penales a una potencia mundial. Esa grieta en la lógica de lo previsible sostiene, aunque sea por una noche, la fé de quien todavía está esperando la suya y además de fé algo más importante aún, un antecedente. Porque la confianza no es una fe ciega. Es una construcción que se arma con hechos reales, con evidencia concreta de que algo que parecía imposible, esa noche, dejó de serlo.


En el mismo segundo, con el mismo marcador, un grupo se desarmó en el lamento y el otro estalló en la celebración. Para Alemania, avanzar confirmaba algo que ya daban por descontado. Para Paraguay, era romper un techo que muchos habían dejado de imaginar posible. El mismo resultado, dos historias completamente distintas cargándolo.

Afuera siguen los bocinazos.


Alguna bomba todavía interrumpen el silencio de mi escritura, y yo sigo acá, con la chipa fría y el mate hace rato vacío, pensando en mi colega y en esas dos psicólogas que por unas horas dejaron de analizar para ser, simplemente, dos personas más gritándole a un televisor en una sala de espera que nunca estuvo tan llena de gente que no vino.



Imagen: Telefé

 
 
 

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