top of page

El hombre bajo la lluvia


Existe una técnica en psicología que se llama el test de la persona bajo la lluvia. Se le pide a alguien que dibuje una figura humana enfrentando la lluvia, y lo que se observa no es el dibujo en sí, es cómo esa figura se para frente a algo que no puede controlar. Si busca refugio o queda expuesta. Si sostiene un paraguas o lo dejó en su casa. Si la lluvia cae liviana o se convierte en tormenta. Lo que el test intenta ver es el estilo de afrontamiento de una persona frente a una adversidad externa, algo que no eligió y que tiene que atravesar de todos modos.


Es lo primero que se me vino a la cabeza después de la rueda de prensa pre partido, Alfaro llegó a este partido con esa imagen ya armada en la cabeza, y la contó antes de que se jugara un solo minuto. Dijo que Francia era una tormenta eléctrica, que los rayos podían caer desde cualquier lado y que todos apuntaban al arco, y que frente a algo así no hay manera de pararla, solo de cuidarse lo mejor posible. Se lo aprendió de chico en Rafaela, cuando venía una tormenta y no había dónde resguardarse.


Como entrenador, eligió no plantear un partido de igual a igual, sino uno de resguardo, y la imagen que usó para explicarlo dice bastante sobre cómo pensó el problema: no como algo que se resuelve con una táctica superior, sino como algo que se sobrevive con la posición correcta.

Siempre espero las conferencias de prensa, las de antes y las de después de cada partido, y cuando terminó la de la previa me quedé pensando qué tanto esa idea de la tormenta se iba a sostener, o si el propio partido la iba a desmentir. Ténganlo presente mientras leen: lo que me interesa acá son los aspectos psicologicos y las decisiones que fue tomando el entrenador sobre la marcha, no la táctica en sí misma. Menciono lo táctico solo porque es ahí donde esos procesos internos terminan haciéndose visibles.


En el arranque, el planteo de Alfaro se cumplió casi al pie de la letra. Paraguay dejó de lado la intención de atacar y se dedicó por completo a resistir: marca doble sobre los delanteros más peligrosos de Francia, y no logró tocar el área rival en todo el primer tiempo, algo que según los registros solo había pasado dos veces antes en toda la historia de los partidos de eliminación directa. Vimos  un repliegue que confirma, con un dato concreto, que el equipo salió a jugar tal cual lo había anunciado su técnico: no a resolver la tormenta, a sobrevivirla. Y que ese nivel de sacrificio se sostuviera sin grietas durante más de una hora dice algo más que disciplina táctica. Un plan tan exigente solo se aguanta así cuando el grupo lo hizo propio, no cuando lo vive como una orden que hay que soportar.


Ahí está la diferencia entre cumplir una consigna y creer en ella.

Cada minuto que pasaba sin que Francia encontrara una grieta no era solo un dato en el marcador, era también un mensaje que el propio equipo se iba dando a sí mismo. Cuanto más se sostenía el cero, más crecía la sensación interna de que el plan realmente podía funcionar contra un rival de esta categoría, y esa sensación no viene de la nada ni es un acto de fe: se construye con cada minuto que se sostiene, con cada pelota que se despeja, con cada situación que se resuelve sin sufrir de más. Es la misma lógica que ya vimos en el partido contra Alemania: la confianza de este equipo no aparece antes de competir, aparece compitiendo.


Pero la tormenta también mostró algo que el planteo original no contemplaba. Después de la pausa para hidratarse, sin abandonar nunca el orden atrás, Paraguay empezó a asomar más seguido hacia el arco de Maignan. No fue que Alfaro cambiara el plan, fue una variación adentro del mismo plan, casi como si la figura del dibujo moviera apenas el paraguas para ver cuánta agua podía tolerar sin quedar del todo expuesta. Un equipo que solo se cuida no necesita salir a buscar nada en ningún momento. Este lo hizo, aunque fuera de a poco y sin insistir demasiado.


Y acá conviene frenar un segundo con algo que se repite mucho cuando se habla de futbol en psicología: separar si lo que pasó fue algo emocional o algo táctico es, directamente, una pregunta mal hecha. Que Paraguay se haya animado a salir un poco más después de la pausa no fue una decisión fría de pizarrón ni tampoco un simple arranque de confianza suelta en el aire. Fue las dos cosas actuando juntas, porque en el cuerpo de un jugador no hay un cajón para lo táctico y otro para lo emocional, hay una sola persona jugando bajo las dos cosas al mismo tiempo.


El precio de sostener esa resistencia se notó en el cuerpo de los jugadores. Enciso, solo arriba como única opción de ataque desde los primeros minutos, terminó pidiendo el cambio antes de que se cumpliera la hora, con el cuerpo visiblemente al límite. Esto es algo que se vio, no algo que estoy suponiendo: correr el partido haciendo el trabajo de dos jugadores, con calor extremo y sin nadie cerca para descargar la pelota, tiene un costo físico que el propio partido terminó mostrando solo. Pero el desgaste no fue únicamente del cuerpo. Enciso tuvo que cumplir una tarea que no es la suya, la de un delantero que en su club juega para desequilibrar y que acá terminó funcionando casi como un segundo marcador. Por momentos me pareció verlo más molesto que cansado, con algo de frustración  contenida también, y ahí me animo a tirar una idea, sin poder confirmarla del todo: gastar el cuerpo en una tarea que no te deja mostrar lo que sabés hacer pesa distinto que gastarlo en algo donde tenés margen para lucirte.


Mientras Enciso se iba apagando, ese mismo esquema que lo desgastó a él pareció, al mismo tiempo, potenciar a Almirón. Alfaro lo dijo clarísimo en la conferencia posterior: la manera de encarar que le vio en los últimos dos partidos no se la había visto en toda la clasificación, ni siquiera antes de que se fuera a jugar a Estados Unidos. Vale la pena recordar el camino que atravesó para llegar hasta acá: una amarilla por hacerse la falta en el debut, una roja por taparse la boca contra Turquía que lo dejó afuera del partido siguiente, y la propia confirmación de Alfaro, en su momento, de que el jugador había quedado destrozado en el vestuario y les había pedido disculpas a sus compañeros. No hay manera de confirmar que esa historia haya sido lo que lo empujó a jugar así contra Francia, pero es una idea razonable, y no solo por las ganas de reivindicarse frente a todos. Un jugador que siente que le falló al equipo también a veces carga con la necesidad de reparar ese lazo, no solo de demostrar algo para sí mismo.


Esto invita a pensar el tema con más cuidado del que permite la idea simple de que jugar para el equipo siempre le sale caro al individuo. La confianza compartida en que, como grupo, podían sostener algo tan difícil, estuvo ahí para los dos jugadores por igual, y Paraguay la sostuvo con fuerza real durante más de una hora. Pero que el grupo confíe en el plan no garantiza que cada jugador viva esa exigencia de la misma manera puertas adentro.


La diferencia entre los dos no pasa solo por cuánto les exigió el esquema, sino por qué necesitaba cada uno para sentirse bien jugando, y qué de eso encontró lugar en el rol que le tocó. En Almirón parecen haberse juntado varias cosas: la libertad para elegir el momento de encarar, la posibilidad de mostrar lo que mejor sabe hacer, y el sentirse parte de un grupo que estaba logrando lo que se había propuesto. En Enciso, esa posibilidad de mostrar lo suyo quedó tapada por la tarea híbrida que tuvo que cumplir, aunque lo más probable es que el lazo con sus compañeros haya seguido intacto igual.


Ninguna de las dos historias le quita verdad a la otra. Pasaron al mismo tiempo, en el mismo plantel, bajo la misma orden. Y esa convivencia es, probablemente, la prueba más honesta de que sacrificarse por el equipo no tiene un solo efecto posible. Puede desgastar a quien tiene que dejar de lado lo que mejor sabe hacer, y puede encender a quien encuentra en esa misma exigencia un lugar que hacía tiempo no podía ocupar.


La lluvia seguía cayendo, todavía con el cero en el marcador, y la pregunta que se imponía en ese momento era genuinamente abierta. Vale la pena dejarla tal cual se sentía entonces, sin la comodidad de ya saber cómo terminó todo: Paraguay parecía estar ganando confianza a fuerza de aguantar algo muy difícil, mientras Francia parecía ir acumulando enojo por no poder resolver algo que en la previa se veía sencillo. Lo compartí durante el partido, ninguna de las dos cosas estaba confirmada todavía, y las dos podían darse vuelta en cualquier momento, sobre todo si el cansancio empezaba a pesar más de la cuenta.


El quiebre llegó recién en el minuto sesenta y siete, con una falta dentro del área que terminó en penal y, tres minutos después, en el gol de Mbappé. Ahí, y no antes, se rompió el orden que Paraguay había sostenido. Es el momento en que la figura que había sostenido el paraguas con tanta firmeza durante más de una hora finalmente lo suelta, no porque se cansara de sostenerlo, sino porque el refugio que había elegido ya no alcanzaba para lo que la situación empezaba a exigir. El equipo que había aguantado su forma durante más de una hora entera se abrió para ir a buscar el empate, y ese desorden final, que se vio en el único remate al arco de todo el partido para Paraguay y en la salida de sus jugadores más importantes por lesión o cansancio, es la prueba más clara de que la tormenta no se iba a ir tan fácil: cuando finalmente encontró por dónde entrar, encontró también a un equipo con menos fuerzas para responder de otra manera que no fuera la desesperación.


Vamos a pararnos un momento en algo que se repite mucho en el fútbol, la idea de que a un equipo "le hacía falta el gol para despertarse". Lo que pasó en este partido no apoya esa idea. Paraguay no estaba dormido durante los primeros sesenta y siete minutos, todo lo contrario: estaba sosteniendo un nivel de esfuerzo altísimo, con una entrega que no dejó ni una sola llegada rival durante todo el primer tiempo. No necesitaban el gol para despertarse, porque ya estaban dando el máximo sosteniendo el plan. Esta idea del gol como despertador tiene algo de trampa, porque asume que hay un interruptor que se prende con un resultado, y el cuerpo y la cabeza no funcionan así. Lo que en realidad pasa es más parecido a un cambio de pregunta interna.


Antes del gol, tal vez, la pregunta que el equipo se hacía era algo así como "¿podemos sostener esto?". Después del gol, la pregunta pudo cambiar a "¿cómo hacemos ahora para no quedar afuera?", y esas dos preguntas ponen en marcha maneras muy distintas de jugar, aunque las piernas sean las mismas piernas y el esfuerzo sea, incluso, mayor.

Ahí está, además, la decisión de Alfaro como entrenador frente a esa misma pregunta. Después del gol, se lo escuchó gritar "adelante" desde el banco. Es la versión sonora de una figura que decide caminar hacia la lluvia en lugar de esperar que escampe Deschamps, del otro lado, respondía con gestos tranquilos frente a cada intento paraguayo, sin apuro visible, más parecido a quien se queda quieto confiando en que el chaparrón va a pasar solo. Son dos formas bien distintas de conducir el mismo momento, y dicen algo real sobre el estilo de cada uno.


Si hay algo que este partido, y en realidad todo este Mundial, puede dejar como aprendizaje, es que el análisis no puede depender de si se ganó o se perdió. Todo lo que fuimos viendo acá, la disciplina sostenida, el desgaste de unos, el envión de otros, el quiebre después del gol, hubiera merecido exactamente el mismo análisis si Paraguay hubiese llegado a los penales y hubiese ganado. Las preguntas psicológicas que importa hacerse no cambian según el resultado, cambia solamente si tenemos, o no, la humildad de seguir haciéndolas también cuando el resultado no nos gusta.


Con todo esto sobre la mesa, y siendo honesta desde el lugar donde escribo esto, una psicóloga paraguaya, con la alegría lógico de haber visto a su selección plantarle cara al mejor equipo del Mundial durante más de una hora.

Paraguay mostró algo que en números es casi rarísimo: aguantar durante sesenta y siete minutos completos sin ninguna grieta frente a una potencia que mete en promedio tres goles por partido, con una entrega colectiva que le exigió a cada jugador dar mucho más de lo que da habitualmente. Esa fortaleza es real y no necesita adornos, el propio número ya habla solo.


Gill resolvió cada uno de los momentos más calientes del partido, desde el vuelo sobre el remate de Koné hasta la doble atajada sobre Mbappé en el final, sin que el golpe con Dembélé a mitad del segundo tiempo le bajara el nivel. Vale la pena señalar de dónde viene esa fiabilidad. Después de la derrota inicial contra Estados Unidos, Gill fue blanco de una crítica pública puntual por un  ídolo histórico del arco paraguayo, dijo que jugaba mudo, que no comunicaba. Gill respondió después, ya con la clasificación asegurada, con una frase que vale la pena tomar tal cual la dijo: que es todo mental, que si uno le hace caso a las críticas se termina yendo para abajo, y que a él las críticas ya no le importan.


No hay forma de confirmar que esa haya sido efectivamente su estrategia interna durante todo el proceso, pero la frase describe, de su propia boca, una decisión consciente de no dejar que un cuestionamiento a su liderazgo le corriera el eje de lo que tenía que sostener.

Es el mismo arquero que había sostenido la clasificación ante Alemania con dos atajadas en los penales, y este partido confirma que esa confiabilidad bajo presión no fue cosa de un solo día.


Para mi hay algo más que sostuvo esa resistencia, además de la confianza compartida en el plan: un grupo donde los vínculos están fuertes, un grupo así  aguanta mejor el sacrificio individual que uno que solo comparte un objetivo táctico sin ese lazo de por medio. Matías Galarza lo confirmó, sin que nadie se lo preguntara en esos términos, cuando dijo después del partido que estaba orgulloso del Mundial que hizo, que él aprende de todos y que aprendió de todos. Es una frase que pone el valor de la experiencia en el vínculo y en lo que se construyó juntos, no solo en el resultado.


A Francia los partidos le duraban sesenta minutos, y este le costó diez más. Es probablemente la frase que mejor cierra el círculo que Alfaro abrió con la imagen de la tormenta eléctrica en la previa. La figura que había dibujado para describir a un rival terminó siendo, en la lectura de sus propias decisiones tácticas, la misma figura que sostuvo durante todo el partido como entrenador: alguien que planteó un juego para sobrevivir a algo incontrolable, y que la tormenta, cuando finalmente llegó, tardó más de lo que todos, incluido él, habían anticipado.


Paraguay entró a este Mundial con dieciséis años de ausencia a cuestas y salió de él habiendo hecho temblar, durante más de una hora, al equipo con más nombre del planeta. No hizo falta ganar para dejar algo. La tormenta llegó, y un país entero descubrió que sabía pararse frente a ella sin quebrarse hasta el último rayo.

 
 
 

1 comentario


Hermosa reflexión, inspiradora, real y sobretodo motivacional para todos los que trabajamos en el deporte. GRACIAS Natalia por cada reflexión de este equipo en el mundial. Felicitaciones Paraguay!

Me lelvo mucho para reflexionar y nunca dejar de preguntarme mas alla de los resultados.

Editado
Me gusta
CABECERA MAYO 2021  - BLOG.001.jpeg
bottom of page